22 de diciembre de 2009

La Lotería

por Shirley Jackson. Traducción de Max Jiménez

La mañana del 27 de junio estaba despejada y soleada, con el fresco calor de un día en pleno verano; las flores abrían profusamente y el pasto tenía un magnifico color verde. La gente de la aldea empezó a reunirse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco, a eso de las diez. En algunos pueblos había tanta gente que la lotería tomaba dos días y tenía que iniciarse el 26 de junio; pero en esta aldea, en donde había tan solo unas trescientas personas, la lotería entera tomaba menos de dos horas, así que podía iniciarse a las diez de la mañana y, aún así, terminar a tiempo para permitirle a la gente de la aldea irse a casa para la merienda.

Los niños se reunieron primero, por supuesto. Las vacaciones de verano habían comenzado recientemente, y la sensación de libertad se posaba inquieta sobre la mayoría de ellos; se encaminaron a juntarse silenciosamente, por un rato, antes de romper en un revoltoso juego, y sus pláticas eran aún sobre el salón de clases y el maestro, sobre libros y reprimendas. Bobby Martin ya había llenado sus bolsillos con piedras, y los otros niños pronto siguieron su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y redondas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix (la gente de la aldea pronunciaba su nombre “Dellacroy”) acabaron formando una gran pila de piedras en una esquina de la plaza y la protegieron contra los ataques de los otros niños. Las niñas se mantenían aparte, hablando entre ellas mismas, mirando sobre sus hombros a los niños, y los niños más pequeños se revolcaban en el polvo o se agarraban de las manos de sus hermanos o hermanas mayores.

Pronto los hombres comenzaron a reunirse, buscando a sus hijos, hablando de la siembra y la lluvia, de tractores e impuestos. Permanecían juntos, lejos de la pila de piedras en la esquina, y sus bromas eran discretas y, más que reír, sonreían. Las mujeres, usando batas descoloridas y suéteres, llegaron poco después de sus hombres. Se saludaron las unas a las otras e intercambiaron algunos chismes mientras iban a reunirse con sus esposos. Pronto las mujeres, paradas cerca de sus esposos, comenzaron a llamar a sus hijos, y los niños fueron de mala gana, teniendo que ser llamados cuatro o cinco veces. Bobby Martin se zafó de la empuñadora mano de su madre y corrió, riendo, de vuelta a la pila de piedras. Su padre alzó la voz bruscamente, Bobby regresó rápido y tomó su lugar entre su padre y su hermano mayor.

La lotería era dirigida (al igual que los bailes en la plaza, la asociación de adolescentes y el programa de Noche de Brujas) por el Sr. Summers, que tenía tiempo y energía que dedicar a las actividades cívicas. Era un hombre jovial de cara redonda que administraba el negocio de carbón, y la gente le tenía lástima porque no tenía hijos y su esposa era una gruñona. Cuando él llegó a la plaza, cargando la caja negra de madera, hubo un murmullo de conversación entre los aldeanos, y él saludó con la mano y dijo: “Un poco tarde hoy, amigos”. El administrador de correos, el Sr. Graves, lo seguía cargando un banquillo de tres patas, y el banquillo fue colocado en el centro de la plaza y el Sr. Summers puso la caja negra sobre él. Los aldeanos mantuvieron su distancia, dejando un espacio entre ellos y el banquillo, y cuando el Sr. Summers dijo: “¿Algunos de ustedes, compañeros, quieren echarme una mano?”, hubo vacilación antes de que dos hombres, el Sr. Martin y su hijo mayor, Baxter, se acercaran para sujetar firmemente la caja sobre el banquillo, mientras el Sr. Summers agitaba los papeles dentro de ella.

Los avíos originales para la lotería habían sido perdidos mucho tiempo atrás, y la caja negra que ahora descansaba sobre el banquillo había comenzado a usarse incluso antes de que el Viejo Warner, el hombre más viejo del pueblo, hubiera nacido. El Sr. Summers hablaba frecuentemente con los aldeanos acerca de construir una caja nueva, pero a nadie le gustaba atentar contra cuanta tradición era representada por la caja negra. Una historia decía que la presente caja había sido hecha con algunas piezas de la caja que la había precedido, la que había sido construida cuando las primeras personas se instalaron allí para formar una aldea. Cada año, después de la lotería, el Sr. Summers comenzaba a hablar de nuevo acerca de la nueva caja, pero cada año se le permitía al tema decaer sin que nada se hiciera. La caja negra se tornaba más raída cada año; ahora ya no era completamente negra, sino que se encontraba gravemente astillada en uno de sus costados, mostrando el color original de la madera, y, en otros lugares, estaba descolorida o manchada.

El Sr. Martin y su hijo mayor, Baxter, sujetaron la caja negra fijamente sobre el banquillo hasta que el Sr. Summers hubo agitado todos los papeles con su mano. Debido a que mucho del ritual había sido olvidado o desechado, el Sr. Summers había tenido éxito en sustituir las fichas de madera, que generaciones habían usado, por trozos de papel. Las fichas de madera, el Sr. Summers había argumentado, funcionaban bien cuando la aldea era diminuta, pero ahora que la población era de más de trescientos, y sujeta a seguir creciendo, era necesario usar algo que pudiera caber mejor en la caja negra. La noche previa a la lotería, el Sr. Summers y el Sr. Graves habían preparado los trozos de papel y los habían puesto en la caja, y luego ésta había sido llevada a la seguridad de la compañía de carbón del Sr. Summers y encerrada hasta que el Sr. Summers estuviera listo para llevarla a la plaza la mañana siguiente. El resto del año, la caja se guardada, a veces en un lugar, a veces en otro; había pasado un año en el establo del Sr. Graves y otro año en el pasillo de la oficina de correo, y a veces era puesta sobre un anaquel en la tienda de abarrotes Martin, y abandonada allí.

Había mucho que hacer antes que el Sr. Summers declarara la lotería iniciada. Había que preparar la lista (de los representantes de las familias, representantes de las casas en cada familia, miembros de cada casa en cada familia). Había que hacer la toma de juramento apropiado del Sr. Summers, por el administrador de correos, como el funcionario de la lotería; en algún tiempo, unos recordaban, había un recital de algún tipo, ejecutado por el oficial de la lotería: un mecánico, desentonado canto ejecutado en cierto momento cada año; algunas personas creían que el oficial de la lotería solía simplemente ponerse de pie cuando él lo cantaba, otros creían que él debía caminar entre la gente, pero hacía muchos años que a esta parte del ritual se le había permitido desaparecer. Había, también, un saludo ritual, el cual el oficial de la lotería tenía que usar al llamar a cada persona que se acercaba a sacar de la caja, pero esto también había cambiado con el tiempo, hasta que ahora sólo se sentía necesario que el oficial hablara con cada persona que se aproximaba. El Sr. Summers era muy bueno para todo esto; usando su limpia camisa blanca y vaqueros azules, con una mano descansando sin cuidado sobre la caja negra, parecía muy propio e importante al tiempo que hablaba interminablemente con el Sr. Graves y los Martin.

Justo cuando el Sr. Summers dejó de hablar y se dirigió a los aldeanos reunidos, la Sra. Hutchinson llegó apresuradamente por el camino a la plaza, su suéter echado sobre sus hombros, y se introdujo por detrás de la multitud. “Olvidé completamente qué día era”, le dijo a la Sra. Delacroix, que estaba junto a ella, y las dos rieron ligeramente. “Pensé que mi viejo estaba afuera juntando madera”, la Sra. Hutchinson prosiguió, “y entonces miré por la ventana y los niños se habían ido, y entonces me acordé que era el veintisiete y vine de rápido”. Se secó las manos con su mandil, y la Sra. Delacroix dijo: “Estás a tiempo, de todos modos. Siguen hablando sin parar allá”.

La Sra. Hutchinson estiró el cuello para ver a través de la multitud y encontró a su esposo e hijos parados cerca del frente de la multitud. Dio un golpecillo en el brazo de la Sra. Delacroix, a modo de despedida, y comenzó a hacerse camino a través de la muchedumbre; dos o tres personas dijeron, con voces lo suficientemente audibles para ser escuchadas por el gentío: “Aquí viene tu señora, Hutchinson”, y “Bill, sí vino después de todo”. La Sra. Hutchinson alcanzó a su marido, y el Sr. Summers, que había estado esperando, dijo alegremente: “Pensamos que tendríamos que seguir sin usted, Tessie”. La Sra. Hutchinson dijo, sonriendo: “No me dejaría abandonar mis trastes en el lavabo, pues, ¿o sí, Joe?”, y una ligera risa corrió por la gente mientras se revolvían de regreso a sus posiciones después de la llegada de la Sra. Hutchinson.

–Bueno, pues– dijo el Sr. Summers seriamente –supongo que mejor empezamos; acabemos para que podamos regresar a trabajar. ¿Alguien no está aquí?

–Dunbar– dijeron varias personas –Dunbar, Dunbar.

El Sr. Summers consultó su lista. –Clyde Dunbar– dijo–. Cierto. Se rompió la pierna, ¿no? ¿Quién sacará por él?

–Yo, supongo– dijo una mujer, y el Sr. Summers se giró para mirarla. –La esposa saca por el marido– dijo el Sr. Summers–. ¿No tienes un niño crecido que lo haga por ti, Janey?– Aunque el Sr. Summers y todos los demás en la aldea conocían perfectamente la respuesta, era el trabajo del oficial de la lotería hacer esas preguntas formalmente. El Sr. Summers esperó con una expresión de cortés interés mientras la Sra. Dunbar respondía.

–Horacio apenas tiene dieciséis– la Sra. Dunbar dijo con pesar–. Supongo que yo tengo que hacerlo por el viejo este año.

–Claro–, dijo el Sr. Summers. Hizo una nota en la lista que sostenía. Luego preguntó: –¿El joven Watson sacará este año?

Un muchacho alto dentro de la multitud alzó la mano. –Aquí–, dijo–. Sacaré por mi madre y por mí–. Parpadeó nerviosamente y agachó la cabeza mientras varias voces en la muchedumbre decían cosas como “Buen chico, Jack” y “Es bueno ver que tu madre tiene a un hombre para hacerlo”.

–Bien–, dijo el Sr. Summers –supongo que ya son todos. ¿El Viejo Warner llegó?

–Aquí–, dijo una voz, y el Sr. Summers asintió.

Un silencio repentino calló sobre la multitud mientras el Sr. Summers aclaraba su garganta y miraba la lista. –¿Todos listos?– preguntó. –Ahora, leeré los nombres (representantes de familias primero) y los hombres vengan y tomen un papel de la caja. Mantengan el papel doblado en su mano sin mirarlo hasta que cada uno haya tenido su turno. ¿Todo claro?

La gente lo había hecho muchas veces y sólo estaban escuchando las indicaciones a medias; la mayoría de ellos estaba silenciosa, humedeciéndose los labios, sin mirar alrededor. Entonces el Sr. Summers alzó una mano y dijo: “Adams”. Un hombre se separó de la multitud y se acercó. “Hola, Steve”, dijo el Sr. Summers, y el Sr. Adams dijo “Hola, Joe”. Se sonrieron el uno al otro sin gracia y nerviosamente. Luego el Sr. Adams se estiró dentro de la caja negra y sacó un papel doblado. Lo sostuvo firmemente por una de las esquinas mientras giraba e iba apresuradamente de regreso a su lugar en el grupo, donde se colocó un poco separado de su familia, sin mirar hacia su mano.

–Allen–, dijo el Sr. Summers. –Anderson… Bentham.

–Parece como si ya no hubiera nada de tiempo entre las loterías–, dijo la Sra. Delacroix a la Sra. Graves, en la fila de atrás. –Perece que acabamos con la última apenas la semana pasada.

–El tiempo sí que va rápido– respondió la Sra. Graves.

–Clark… Delacroix.

–Ahí va mi viejo– dijo la Sra. Delacroix. Contuvo el aliento mientras su esposo iba hacia el frente.

–Dunbar– dijo el Sr. Summers, y la Sra. Dunbar fue a paso normal hacia la caja mientras una de las mujeres decía: “Vamos, Janey” y otra decía: “Ahí va.”

–Nosotros seguimos–, dijo la Sra. Graves. Miró mientras el Sr. Graves se aproximaba desde un lado de la caja, saludaba al Sr. Summers seriamente, y seleccionaba un trozo de papel de la caja. Para entonces, había por toda la multitud hombres sujetando los pequeños papeles doblados en sus manos, girándolos una y otra vez nerviosamente. La Sra. Dunbar y sus dos hijos permanecían juntos, ella sujetando el trozo de papel.

–Harburt… Hutchinson.

–Ándale, Bill– dijo la Sra. Hutchinson, y la gente cerca de ella rió.

–Jones.

–La gente cuenta– le dijo el Sr. Adams al Viejo Warner, que se encontraba junto a él, –que allá en la aldea norte están hablando de abandonar la lotería.

El Viejo Warner dio un resoplido. –Pandilla de locos tontos– dijo. –Escuchando a los jóvenes; nada es suficientemente bueno para ellos. De un momento a otro, van a querer regresar a vivir en cuevas, que ya nadie trabaje, vivir así por un tiempo. Solía haber un dicho que decía “Lotería en junio, pronto habrá buen fruto.” En cualquier momento, todos estaremos comiendo pollo hervido y bellotas. Siempre ha habido una lotería– añadió petulante. –Ya es suficientemente malo ver al joven Joe Summers bromeando con todos allí.

–Algunos lugares ya han dejado las loterías– dijo la Sra. Adams.

–Nada más que problemas con eso– dijo el Viejo Warner con determinación–. Pandilla de jóvenes tontos.

–Martin–, y Bobby Martin miró a su padre ir al frente. –Overdyke… Percy.

–Ojalá se apuraran– dijo la Sra. Dunbar a su hijo mayor. –Ojalá se apuraran.

–Ya casi terminan– respondió su hijo.

–Prepárate para correr a decirle a papá–, dijo la Sra. Dunbar.

El Sr. Summers llamó su propio nombre y luego, cuidadosamente, dio un paso al frente y seleccionó un trozo de papel de la caja. Luego llamó: “Warner.”

–Setentaisieteavo año que participo en la lotería– dijo el Viejo Warner mientras se abría paso por la multitud. –Setentaisieteava vez.

–Watson. –El muchacho alto salió torpemente de la multitud. Alguien dijo: “No estés nervioso, Jack”, y el Sr. Summers dijo: “Tómate tu tiempo, hijo”.

–Zanini.

Tras eso hubo una larga pausa, una pausa sin alientos, hasta que el Sr. Summers, sosteniendo su trozo de papel en el aire, dijo: “De acuerdo, amigos.” Por un minuto nadie se movió, y después todos los trozos de papel fueron abiertos. De repente, todas las mujeres comenzaron a hablar al instante, diciendo: “¿Quién es?”, “¿Quién lo tiene?”, “¿Los Dundar?”, “¿Los Watson?” Entonces las voces comenzaron a decir: “Es Hutchinson. Es Bill”, “Bill Hutchinson lo tiene”.

–Ve a decirle a tu padre– le dijo la Sra. Dundar a su hijo mayor.

La gente comenzó a mirar a su alrededor para ver a los Hutchinson. Bill Hutchinson estaba quieto, de pie, mirando fijamente hacia abajo, al papel en su mano. De repente, Tessie Hutchinson le gritó al Sr. Summers: “No le diste el tiempo suficiente para que él tomara el papel que quería. Yo te vi. ¡No fue justo!”

–Se una buena jugadora, Tessie– la Sra. Delacroix intervino, y la Sra. Graves dijo: “Todos nosotros tuvimos la misma oportunidad”.

–Cállate, Tessie– dijo Bill Hutchinson.

–Bueno, todos– el Sr. Summers dijo –, esto se hizo rápido, y ahora tenemos que apresurarnos un poco más para terminar a tiempo–. Consultó su siguiente lista. –Bill– dijo–, sacas por la familia Hutchinson. ¿Hay algún otro integrante que pertenezca a los Hutchinson?

–Está Don y Eva–, gritó la Sra. Hutchinson. –Haz que ellos tengan la oportunidad.

–Las hijas sacan con la familia de sus esposos, Tessie– dijo el Sr. Summers amablemente–. Sabes eso tan bien como cualquier otro.

–No fue justo– dijo Tessie.

–Supongo que no, Joe– dijo Bill Hutchinson lamentándose. –Mi hija saca con la familia de su esposo; es lo justo. Y no tengo más familia aparte de los niños.

–Entonces, en lo que respecta a sacar por las familias, les toca a ustedes– el Sr. Summers dijo en explicación–, y en lo que respecta a sacar por los integrantes de la casa, les toca a ustedes también, ¿cierto?

–Cierto– dijo Bill Hutchinson.

–¿Cuántos niños, Bill? – preguntó el Sr. Summers por formalidad.

–Tres– dijo Bill Hutchinson–. Está Bill hijo, y Nancy, y el pequeño Dave. Y Tessie y yo.

–Muy bien– dijo el Sr. Summers–. Harry, ¿tienes sus papeles de regreso?

El Sr. Graves asintió y mostró los trozos de papel. –Ponlos en la caja, entonces– ordenó el Sr. Summers–. Toma el de Bill y ponlo dentro.

–Creo que debemos comenzar de nuevo– la Sra. Hutchinson dijo, tan quedamente como pudo–. Les digo que no fue justo. No le diste tiempo suficiente para escoger. Todos vieron eso.

El Sr. Graves había seleccionado los cinco trozos de papel y los había puesto en la caja, y tiró todos los papeles, excepto esos, al piso, en donde la briza los atrapó y los hizo despegar.

–Escuchen, todos–decía la Sra. Hutchinson a la gente a su alrededor.

–¿Listo, Bill? – el Sr. Summers preguntó, y Bill Hutchinson, con una fugaz mirada hacia su esposa e hijos, asintió.

–Recuerden– dijo el Sr. Summers–, tomen los papeles y manténganlos doblados hasta que cada persona haya tomado uno. Harry, tú ayudas al pequeño Dave–. El Sr. Graves tomó la mano del pequeño, quien se acercó gustosamente con él a la caja–. Saca un papel de la caja, Davy– dijo el Sr. Summers. Davy metió su mano en la caja y se rió–. Toma sólo un papel–, el Sr. Summers dijo–. Harry, sostenlo por él–. El Sr. Graves tomó la mano del niño y removió el papel doblado del apretado puño y lo sostuvo mientras el pequeño Dave permanecía junto a él y lo miraba con interés.

–Nancy después–, dijo el Sr. Summers. Nancy tenía doce, y sus amigos de la escuela respiraron pesadamente mientras avanzaba, jugando con su falda, y tomaba un trozo de papel delicadamente de la caja. –Bill hijo–, dijo el Sr. Summers, y Bill, con la cara roja y los pies sobrecrecidos, casi tiró la caja mientras sacaba un papel. –Tessie–, dijo el Sr. Summers. Ella dudó por un minuto, mirando alrededor, desafiante, y luego apretó los labios y avanzó hacia la caja. Arrebató un papel fuera de ella y lo sostuvo a su espalda.

–Bill–, dijo el Sr. Summers, y Bill Hutchinson se estiró dentro de la caja y tentó, sacando finalmente su mano con el trozo de papel en ella.

La multitud estaba callada. Una niña susurró: “Espero que no sea Nancy”, y el sonido del susurro alcanzó los límites de la multitud.

–Ya no es de la manera en que solía ser–, dijo claramente el Viejo Warner–. La gente ya no es como solía ser.

–De acuerdo– dijo el Sr. Summers–. Abran los papeles. Harry, tú abre el del pequeño Dave.

El Sr. Graves abrió el trozo de papel y hubo un suspiro general en la multitud cuando lo mostró y todos pudieron ver que estaba en blanco. Nancy y Bill hijo abrieron los suyos al mismo tiempo, y ambos dibujaron una sonrisa y rieron, girando hacia la multitud y mostrando sus trozos de papel sobre sus cabezas.

–Tessie–, dijo el Sr. Summers. Hubo una pausa, y entonces el Sr. Summers miró a Bill Hutchinson, y Bill desdobló su propio papel y lo enseñó. Estaba en blanco.

–Es Tessie–, dijo el Sr. Summers, y su voz fue silenciada. –Muéstranos su papel, Bill.

Bill Hutchinson caminó hacia su esposa y arrancó el trozo de papel de su mano. Tenía un punto negro en él, el punto negro que el Sr. Summers había hecho la noche anterior con el pesado lápiz en la oficina de la compañía de carbón. Bill Hutchinson lo sostuvo en alto, y hubo un barullo en la multitud.

–Muy bien, amigos–, dijo el Sr. Summers–. Terminemos rápido.

Aunque los aldeanos habían olvidado el ritual y perdido la original caja negra, aun recordaban usar piedras. La pila de piedras que los niños habían hecho temprano estaba lista; había piedras en el suelo con las esparcidas piezas de papel que habían salido de la caja. La Sra. Delacroix escogió una piedra tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se giró hacia la Sra. Dundar. –Vamos–, dijo. –Apúrate.

La Sra. Dundar tenía piedras pequeñas en ambas manos, y, tomando bocanadas de aire, dijo: “No puedo correr en lo absoluto. Tendrás que adelantarte y yo te alcanzaré”.

Los niños ya tenían piedras, y alguien le dio al pequeño Davy Hutchinson unas cuantas piedritas.


Para entonces, Tessie Hutchinson estaba en el centro de un espacio despejado, y mantenía las manos en alto, desesperadamente, mientras los aldeanos se le acercaban. –No es justo–, dijo. Una piedra la golpeó en un costado de la cabeza.

El Viejo Warner estaba diciendo: “Vamos, vamos, todos”. Steve Adams estaba al frente de la multitud de aldeanos, con la Sra. Graves a su lado.

–No es justo, no es correcto–, gritó la Sra. Hutchinson, y ellos ya estaban sobre ella.

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